miércoles, 14 de agosto de 2013

La tarde temprana [Capítulo 1]

I


—El Señor no va a regresar pronto, Diego —dijo Ágata—, mejor sería que fueras a dormir.

Diego alzó la vista; una vista cansada, con los ojos más cerrados que abiertos. Recargó la cabeza en el respaldo de la mullida butaca roja y se llevó la mano derecha a la cara para frotarse los ojos con suavidad.

—No es la primera vez que lo espero tan tarde —contestó él con su voz áspera pero tranquila y su mano volvió al terciopelo del reposabrazos.

—Pero mañana es un día especial para ti.

—¿Para mí? —Diego volvió a abrir los ojos a penas cruzados por un par de pequeñas arrugas y miró a Ágata con más avidez— Cada día es tan especial como uno quiera que sea.

La vieja comadrona y sirvienta mayor de la familia seguía de pié bajo el amplio umbral que abría al recibidor, mirando al hombre con compasión. Sus manos descansaban frente a su vientre abultado tomadas entre sí.

—Tu hija querrá que el día de mañana sea muy especial —dijo ella con la voz más firme que antes, provocando un suave eco en la estancia donde Diego descansaba—, y dudo que quiera compartirlo con un padre aturdido y somnoliento.

Diego guardó silencio unos segundos, se puso de pié y se acercó a la pequeña cantina ubicada en una esquina lejana del salón.

—No sólo lo compartirá conmigo —dijo mientras se servía un trago de whisky en las rocas—, dudo que le moleste mi estado —y dio un pequeño sorbo.

—No se trata sólo de no molestarla, Diego. La alegría no es sólo la ausencia de tristeza, ni mucho menos la ausencia de enojo —el hombre no contestó, se limitó a mirar el reloj que colgaba sobre la chimenea a unos pasos de él y caía segundo a segundo en la pereza de la madrugada, luego volvió a mojarse los labios en su bebida—. No tener madre ya es bastante difícil. No se lo compliques más.

—Yo no le complico las cosas —dijo con naturalidad, como si dijera algo que él mismo se hubiera repetido durante mucho tiempo—. De hecho nadie nunca le ha complicado nada.

—Siéntete feliz por eso, Diego. Siéntete feliz por ella.

Él bajó de nuevo su mirada al vaso y le dio otro sorbo. Ágata suspiró, dio media vuelta y regresó al recibidor con esos pasos irregulares pero silenciosos que la caracterizaban desde que sobrepasó los ochenta años. Luego se perdió de la vista del hombre al girar en dirección a las cocinas.

A Diego no le preocupaba el cumpleaños de su hija en lo más mínimo; con o sin él, Celly pasaría un día grandioso rodeada de todas las atenciones de las sirvientas y los mozos. Según había escuchado durante el desayuno un par de días atrás, llegarían de visita varias amigas suyas del internado e incluso una proveniente de Francia con quien Celly mantenía contacto por cartas desde hacía más tiempo del que Diego estaba enterado. Por si fuera poco, la visita de Martell y su esposo eran obligadas.

Era común que Celly hablara de Martell como si fuera su hermana y no sería raro considerando que trataba a El Señor más como padre que como trataba a Diego. Martell, siguiendo los pasos de El Señor, se había dedicado a la medicina y su carrera auguraba ser casi fructífera como la de él. Junto con su esposo estaban en los últimos pasos para comenzar la construcción de su propio hospital en Verona, Italia. Pero ni siquiera esas exigentes labores le impedirían asistir a la celebración de los doce otoños de su querida Celly.

Diego terminó su trago y se sirvió otro antes de regresar a la butaca que tantos desvelos suyos había soportado. Una vez en ella, apoyó su vaso en el reposabrazos de la derecha y su mano en el círculo de cristal del mismo. Perdió la vista en el techo y suspiró. No, definitivamente la fiesta era algo que lo tenía sin cuidado. En cambio los rumores de sabotaje del partido laborista se volvían cada vez más fuertes. Las noticias de la revuelta en una fábrica textil a las afueras de Londres habían ocupado la primera plana de casi todos los diarios la semana anterior. El saldo de ese día fue de casi cien heridos; entre ellos el gerente, el subgerente, tres de los supervisores en turno y uno de los directivos de la fábrica que había ido de visita rutinaria. Dos de los supervisores tuvieron que ser internados de emergencia en uno de los hospitales de El Señor.

Desde entonces corría por toda Inglaterra las voces de una gran variedad de protestas de trabajadores en todas las escalas. Después de los rumores de un campesino linchando a un terrateniente cerca de la frontera irlandesa siguieron los de un adinerado comerciante de relojes asaltado violentamente al momento de cerrar su tienda, siendo sus propios trabajadores los principales sospechosos. Después un poderoso inversionista de una compañía pesquera decidió retirar sus fondos por amenazas personales, y, a penas el día anterior, Diego escuchó en la fila de la taquilla del tren que un banquero había sido apuñalado por la espalda al llegar a su residencia. El sujeto había sobrevivido, por lo que seguramente lograron ocultarlo a tiempo. Nada se había hecho oficialmente público en los medios con reputación, pero la consciencia social lo sabía: además de la sangre del banquero, por esa herida se escurría hacia el suelo la seguridad de los partidos burgueses.

Hasta entonces sólo los ferroviarios, quienes gozaban del sindicato mejor colocado junto a los miembros de la corona, y el personal médico eran los únicos que se mantenían en línea, pero nada aseguraba que eso fuera a durar mucho tiempo más. El Señor, como doctor que era, era un blanco fácil; él tenía que dar la cara. No era uno de esos burócratas fantasmas que vivían y se enriquecían sólo hablando y negociando favores aquí y allá. El Señor iba diario al hospital central y saludaba a su personal, atendía a sus socios directamente e incluso a veces intervenía en alguna cirugía de emergencia o era solicitado como asesor para algún caso extraño. El Señor era un hombre de bien y si alcanzó esa influencia política fue sólo por su talento, inteligencia y carisma. Él era un hombre que muchos admiraban, Diego en primer lugar, pero que otros también envidiaban y temían.

Y aún sin contar su categoría social, que alguien como El Señor estuviera fuera a tan altas horas de la noche cuando los borrachos, los bandidos y las prostitutas se apoderaban de las calles empedradas y los oscuros callejones, luciendo su traje fino y acompañado de una mujer tan hermosa como lo era su esposa, era ya muy peligroso a pesar de la guardia personal que les acompañaba por insistencia de Martell, Diego y la servidumbre de la familia.

Navegando por esos pensamientos turbios, Diego no notó cuando comenzó a ensoñar hasta que el peso de su mano flácida sobre el vaso de whisky venció la fricción del terciopelo rojo y los cristales tanto del vaso como de los hielos se esparcieron en añicos sobre el piso de duela junto a la butaca. El sobresalto para él fue mínimo pues, a un nivel profundo y misterioso, su mente sabía bien qué y por qué había pasado; cosa distinta al resto de los habitantes de la casa quienes de inmediato se pusieron en movimiento para descubrir el origen del ruido.

El delicado tintineo de los cristales aún bailaba en el aire del salón cuando Ágata apareció por el mismo umbral en que había desaparecido y caminó en dirección a Diego con el paso más rápido que le permitían sus reumas.

—¿Qué pasó? —dijo ella aparentemente aliviada de verlo entero.

—Nada —contestó él aún perdido en el camino de vuelta de los malos pensamientos. Se había puesto en cuclillas junto a la butaca y trataba de separar el vidrio afilado del agua congelada—, nada, se me resbaló por las gotas de frío.

Ágata se detuvo a un paso de él y comenzó a sacar un trapo largo del bolsillo frontal de su mandil al tiempo que media docena de sirvientas entraban desde el recibidor y se inclinaban junto a Diego desplazándolo de su labor al hacerlo mejor y más rápido que él. La comadrona lo tomó suavemente del brazo y le indicó que se levantara.

—Déjalo ya, nosotras lo limpiaremos —le tendió el trapo para secar sus manos pero Diego negó con la cabeza y permaneció mirando a las sirvientas con ansiedad.

—Yo puedo hacerlo, no soy el señor de la casa, ni siquiera soy su familia —soltó con un dejo de rudeza.

—Tampoco eres un sirviente —apuntó Ágata y le tomó las manos con el trapo antes de él pudiera impedirlo haciendo que se tranquilizara de aquella manera mística que sólo las madres conocen—. Ve a dormir ya. No quiero arriesgarme a que te quedes dormido con algo más valioso en la mano.

Diego la miró con ojos resentidos.

—Ya soy demasiado viejo para que alguien me envíe a dormir.

—¡¿Eso crees?! ¡Cincuenta años no es nada! Son de risa. Cuando yo tenía tu edad… —ella enmudeció pensativa y él arqueó una ceja inquisitivo— ya no lo recuerdo; fue hace tanto…

Las sirvientas rieron con toda la gracia de su juventud y hasta Diego dejó escapar una sonrisa discreta en el lado izquierdo de su boca, una que se convirtió en un bostezo antes de que se diera cuenta y pudiera reprimirlo.

—Tus dientes de hombre pueden decir lo que quieras, pero tu garganta y esta vieja tienen más años de existencia. Ve a dormir ya.

Diego tornó los ojos resignado, terminó de secarse las manos él mismo y le devolvió el trapo a Ágata. Ella lo guardó y dio un paso renco a un lado para cederle camino hacia el vestíbulo.

—Buenas noches, señoritas. Buenas noches, Ágata.

—Buenas noches, Diego —contestaron todas como un estribillo en cuarteto de cuerdas.

El hombre salió del salón a paso lento y tomó rumbo escaleras arriba hacia los dormitorios de la familia en el ala este del caserón, justo sobre los dormitorios de la servidumbre a los cuales se tenía acceso por un estrecho pasillo bajo las escaleras que ahora pisaba.

Sólo había puesto un pié en el rellano superior de la amplia escalinata cuando un sonido amplificado hasta el estruendo por el vacío de la madrugada inundó el vestíbulo entero. A juicio de Diego era el sonido de un par de llantas reforzadas y los cascos de dos bestias que se acercaban a todo galope sobre la calzada empedrada que cruzaba frente a la puerta principal de la casa. Unos pocos segundos después de iniciado el retumbar metálico, las puertas del recibidor se abrieron con violencia y a partir de ese instante la agitación en el pecho de Diego le hizo perder por momentos el ritmo de sus pensamientos.

Logró capturar en su memoria perenne fragmentos desgarrados del discurso que gritaba el hombre en la puerta. Luego algunas imágenes borrosas por el movimiento del caballo que desenganchó del carruaje y montó frente a la casa. Un poco de la sensación del viento congelado que recorría las orillas del Támesis intentando desviarlo en la dirección contraria y una serie de escenas estáticas aunque difuminadas por el deficiente alumbrado público que se distanciaba demasiado a pesar de la velocidad del caballo. Hasta después de lo que su memoria entendió como un puñado de segundos, llegó a la rivera occidental del río, donde curva hacia el sur para abrir territorio a los edificios más lujosos de la ciudad, y se detuvo frente a la fachada barroca del hospital central. Conocía los pasillos y sin tener consciencia del movimiento de sus pies llegó al ala sur donde se encontraban las salas de operaciones. Su mente volvió a tomar ritmo justo a tiempo para gritarle a una enfermera que se negaba a proporcionarle el dato que necesitaba para dar con la sala correcta.


Sus sentidos volvieron para irse al instante. La ligereza en sus pies se volvió pesadez cuando entró en la antesala y un doctor, viejo conocido de la familia, apartaba su vista elocuente de uno de los guardias familiares y se la dirigía a Diego, diciéndoselo todo sin mediar ninguna palabra: El Señor había muerto.
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